Desde que escribí el último editorial no he parado de viajar y de correr por el mundo. He tenido la gran suerte de compartir tiempo y espacio físico y emocional con amigos y amigas de aquí que me han acompañado en esos periplos, pero también me he podido sentar a tomar un café con un desconocido en un pueblo remoto de Panamá o he recibido la ayuda de un extraño mientras intentaba ascender la cumbre de la montaña más alta de Ecuador, y ante este panorama, amigos, amigas, es imposible mantener los prejuicios intactos.
Todos sabemos que en este deporte del trail running no todo es sumar kilómetros y desniveles en nuestras piernas. Zancada a zancada vamos explorando el mundo, viajamos para correr o corremos para viajar, avanzamos más allá del horizonte, cruzamos fronteras. En las carreras nos juntamos con otros corredores que hablan otros idiomas, compartimos avituallamientos con voluntarios de culturas distintas y descubrimos que, a pesar de las diferencias superficiales, nos mueven las mismas pasiones, los mismos miedos y el mismo respeto por la naturaleza. Esos encuentros casuales en los senderos nos recuerdan que nadie es superior por el lugar en el que ha nacido.
No voy a negar que estoy un poco desilusionado con la humanidad y también que tengo cierto miedo ante el panorama de los tiempos que corren en los que creo que el espíritu de apertura mental del viajero es más necesario que nunca.
Vivimos tiempos convulsos marcados por el preocupante avance de la ultraderecha y de discursos políticos que buscan levantar muros, alimentar el miedo al diferente y encerrarnos en los márgenes de todos los -ismos excluyentes. A partir de pequeños gestos individuales debemos enfrentarnos a la retórica del odio y la división, y viajar se alza como el antídoto necesario e ideal.
En la montaña debemos olvidarnos de las banderas, no necesitamos pasaportes, ni caben las ideologías extremas. El viento, el sol, la lluvia son los mismos para todos. Viajar nos cura de la intolerancia porque nos obliga a ser humildes, a escuchar y a entender que la diversidad no es una amenaza, sino una fortaleza, quizá la mayor de nuestro planeta.
Os invito a que en cada nueva carrera lejos de casa, salgamos a disfrutarla con la mente bien abierta. Sigamos explorando esos trazados, abrazando culturas y demostrando que la comunidad del trail running es, y esperemos que siempre sea así, sinónimo de libertad, encuentro y respeto mutuo. Nos vemos en las montañas del mundo.
José Antonio de Pablo «Depa»